Morgan fue un científico que tenía una vaga idea de lo que podría ser el proceso evolutivo. A partir de ella realizó una serie de experimentos y, aunque no creía en las teorías de Darwin ni en las de Mendel, sus estudios terminaron por corroborar las ideas de ellos.
La mosca de la fruta fue el insecto elegido por Morgan para sus experimentos genéticos. La razón fue simple: las hembras pueden poner 800 huevos por día y tienen un ciclo reproductivo sumamente rápido de 15 días. De esta forma Morgan pudo llevar a cabo el cruzamiento de millones de insectos con el objetivo de evaluar los patrones de herencia.
En 1909, Morgan observó una mosca con una mutación extraña, ya que tenía ojos blancos cuando, normalmente, son rojos. Al analizar este insecto, descubrió que se trataba de un macho y decidió usarlo para reproducir y lograr nuevas generaciones; y así estudiar lo que ocurriría con ellas.
Sin embargo, la primera generación tenía ojos rojos. Morgan pensaba que la característica de los ojos blancos no podía haber desaparecido y, entonces, cruzó a estas moscas entre sí. Esta vez, Morgan observó que las nuevas moscas macho tenían ojos blancos.
De esta forma, Mendel descubrió que algunos patrones de herencia están ligados al sexo (algo que suele suceder en algunas enfermedades del ser humano).
Además, su equipo de trabajo observó docenas de rasgos que parecían estar localizados en los cromosomas. Los genes que se localizan en el mismo cromosoma tienden a heredarse de forma conjunta. Cuando más próximos se disponen dos genes, mayores posibilidades hay de que sean heredados conjuntamente.
Este concepto se denominó “ligamento genético” y representa aún hoy un elemento clave en la detección de los genes que causan las distintas enfermedades genéticas.
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